Poner cámaras desechables en las mesas es una idea preciosa y tiene su encanto. Los invitados sueltan el móvil un rato, nadie puede mirar cómo ha quedado la foto y ese grano con flash tiene un aire de fiesta que no da ningún filtro. A los niños les encantan, y la espera hasta tener las copias añade un punto de misterio.
Los inconvenientes llegan después de la boda:
- Pagáis dos veces: primero las cámaras y luego el revelado y el escaneado de cada carrete.
- Se pierden cámaras. Algunas acaban en un bolso y otras se quedan debajo de la mesa y se van con los manteles.
- Muchas vuelven a medio usar, mientras que otras las gasta en diez minutos el mismo primo entusiasta.
- En salones con poca luz y con el flash apagado salen muchas fotos negras.
- No podéis ver nada hasta que el laboratorio entrega las fotos, y eso puede tardar semanas.
- Si queréis compartir las fotos con quien las hizo, os toca escanearlas y enviarlas vosotros mismos.
Nada de esto significa que el carrete sea mala idea. Si os encanta ese estilo, unas pocas cámaras para la ceremonia o el photocall pueden convivir con una versión digital que recoja el resto de la noche.
