El vídeo de fotos para la boda de toda la vida es el que imagináis: fotos de pequeños, la adolescencia con aquellos peinados, cómo os conocisteis, la pedida. Lo preparáis vosotros, o bien vuestros hermanos, amigos o padres, unas semanas antes, se le pone música y se proyecta una sola vez, con todo el salón atento. Es un momento más del banquete, como un discurso contado con imágenes.
La proyección en directo es otra cosa. Los invitados hacen fotos durante el día, las suben desde el móvil y esas fotos van pasando en bucle en una tele o en la pantalla del proyector a lo largo de la fiesta. Nadie se sienta a verla: la gente pasa por delante, se descubre en la ceremonia de hace una hora y llama a sus amigos. Se parece más a un mural de fotos que a una presentación.
Cada una cumple una función distinta. El vídeo preparado cuenta vuestra historia a quienes solo conocen una parte. La proyección en directo enseña la boda a través de los ojos de los invitados, con momentos que ni vosotros ni el fotógrafo llegasteis a ver. No compiten entre sí, y muchas parejas hacen las dos.
